25.11.08

Let the children use it.

“Y si un día cayeras del cielo, con todo lo que implica que alguien caiga de algún lado, sacude el polvo de estrellas de tu ropa y prepárate a dar esperanza a una civilización perdida” (*)

En mis sueños siempre llegas así, cayendo lentamente al principio, pero apurando al final la estrepitosa caída.

En mis sueños, resbalo ventana abajo hasta el suelo que te recibió, te acomodo en mi regazo y te devuelvo la vida. En mi sueño supe que puedo dar vida. Entonces abres tus ojos, que no son como mis ojos. Me reflejan en la totalidad de su negra esfera, la perpetua dilatación de tus pupilas arropa mi imagen, directamente hasta tu recuerdo.

Y entonces las alucinaciones comienzan, me traslado a tu mundo sin moverme del mío. Veo el final de sus tiempos, el comienzo del éxodo, el cumplimiento de las profecías.

En mis sueños nunca logro llegar más lejos que eso. Por eso sigo durmiendo de noche y de día. Comencé a tomar esas pastillas para no dejar ir oportunidad alguna, para llegar más lejos en tu historia.

Una mañana abrí los ojos y al mirarme al espejo no pude reconocerme, es decir, era la misma cara de siempre, el mismo lunar en la sien de toda la vida, pero esas expresiones no eran mías, ni siquiera recuerdo como llegue hasta el espejo. Trate de mover un brazo, pero el cuerpo no me obedecía, seguía mirando el espejo, pero esa imagen, estoy segura, ya no era la mía. Intente bajar la vista tratando de verme los pies, pero mi cabeza se negó a girar, no sé como, pero, seguía viendo através de mis ojos, pero no podía controlar los movimientos de ninguna parte de mi. Mi cuerpo, como un extraño, tenía voluntad propia, de algún modo que recuerdo tan vagamente que no voy a comentarlo, llegue a mi lugar de trabajo, entre a la sala de juntas del corporativo y de pronto me vi rodeada de gente que yo jamás en mi vida había visto.

No podía entender nada de lo que ahí se hablaba, ni siquiera lo que decía yo misma, solo se que contemplábamos todos una pantalla al fondo de la sala. Volví a ver las imágenes de la destrucción de tu mundo, volví a ver el éxodo en masa de mentes teletransportadas a regiones distintas del universo.

Viendo esa pantalla, pues no despegabas mis ojos de ella comencé a comprender todo. Debía tomar esas pastillas, era necesario; no podías tomar mi cuerpo mientras dormía, porque corrías el riesgo de que el tiempo de vigilia llegara y la materia que sustentaba tu esencia podría descomponerse. Ahí estaba todo, en la pantalla. El método para tomar el cuerpo de una criatura terrestre. Había que dormirlos por más de catorce horas continuas, hasta que su mente no estuviera en condiciones de mover ni un músculo debido al aletargamiento de los mismos.

Había la posibilidad de encontrar cuerpos en estas condiciones de manera espontánea, pero una vez que los tomaban resultaba muy difícil controlar la mente invadida, consumían sustancias que incapacitaban al individuo para alojar cómodamente al huésped. Lo vi con toda claridad en la pantalla, estaban por todos lados, mis vecinos, los profesores de la Universidad, el recolector de basura, las monjas, los curas, los conductores del metro, mucha gente que ya no era más gente.

Pero había algo que ellos no soportaban, que ustedes, que tu no soportas. El grito de terror de las mentes ocupadas, ese grito les es perturbador, no pueden con él, necesitan tomar más pastillas.

Había una esperanza: Aun no lograban controlarnos a todos, los principales funcionarios públicos, los artistas, las modelos, los más marginados, el crimen organizado, los poderosos, los evadidos, ellos eran inasequibles. El consumo de sustancias los hacía inutilizables para el alojamiento, no había mayor torpeza que tratar de auspiciarse en uno de ellos. Cuando estaban embotados por las drogas era imposible para el huésped dominar sus movimientos, pero era peor cuando pasaba el efecto. Esas cabezas albergaban tanto horror en sus mentes que superaban en las del huésped, y con creces, el horror del holocausto (el de su mundo).

La vuelta a la normalidad del poseso era el comienzo de la pesadilla de cualquier huésped incauto, ahora tenían la capacidad física de moverse, pero el horror en su interior no cesaba, aun no logro ni quiero entender que podían estar recordando o viviendo los poseídos para causar tal terror en su huésped y en ellos mismos. A los huéspedes los vi revolcarse enfundados en sus nuevos trajes de piel humana, retorcerse grotescamente como en un ritual antiguo. Pero no eran los únicos que sufrían, en realidad, no se alcanzaba a distinguir entre huésped y poseso. Los gritos que empezaban a salir de sus bocas eran un claro unísono de voces humanas y extranjeras.

Yo escuchaba con espanto la aterrada voz humana, pero nada me preparo para ver las muecas poco humanas que mis compañeros en la sala de juntas tenían petrificadas en sus rostros. Los gritos de los de su raza los tenían al borde de sus asientos, algunos vomitaron cuando en la pantalla vieron el proceso de descomposición del cuerpo ocupado. En cosa de segundos esos cuerpos quedaban reducidos a una masa gelatinosa cubriendo los huesos que en la transparencia temblorosa de las carnes asomaban en colores diversos en gamas entre el púrpura y el negro. Una masa deforme ausente ya de cualquier materia gris, ausente ya de cualquier invasor. Muerta en todo sentido.

Aquello fue lo último que mis ojos pudieron contemplar en la pantalla, eso, y una mano introduciendo un puñado de pastillas en mi boca. Por cierto, era mi mano.


*Fragmento de un poema escrito por quien esto narra la primera vez que se presento “el sueño”


16.11.08

If there was only something between us.

Quiere hacer justicia ¿Para que quiere hacer justicia? Ella esta muerta ¿Qué cambiaría su justicia?

El no la amo como yo, en silencio, a deshoras. Noches enteras pensando en ella, en la manera de hacer que me mirara, pero nunca conseguí nada más que hacerla reír, y yo no quería ser un bufón, no, yo merecía mucho más, la amaba más que a nadie, mucho más la ame que a mi mismo.

La primera vez que la vi aquella tarde, mi brazo tembló al extenderle la comunión.

Y la fiebre comenzó.

No cedió hasta meses después. Cuando por fin logre ponerme en pie, averigüe lo más que pude en mi condición sobre aquella dama. No era lugareña, lo cual explicaba porque jamás antes la había visto. Venía de lejos buscando consuelo en la confesión con Monseñor, que al parecer fue su consejero desde su niñez. Esto explicaba el profundo entristecimiento de aquellos ojos, tenía una pena enorme según se rumoro por todo el pueblo, lo cual daba sentido a su negra vestimenta. Estaba obsesionado con encontrarla, la fiebre había cedido, pero, por las noches, escalofríos recorriendo mi cuerpo me fueron convenciendo que no había más remedio, tenía que abandonar los hábitos, tenía que encontrarla antes que mi razón se desvaneciera.

No bien llegué a la población donde habitaba, me relacione en las altas esferas en las que ella se movía. Aprovechando mi falsa condición de sobrino de Monseñor, no me fue difícil relacionarme con ella, perseguirla, asediarla incluso, contando con las cómplices ausencias de su marido, que se alejaba con frecuencia de la ciudad.

La ame más, si se puede, después de conocerla, apreciar tan de cerca su pálido rostro, las finas manos, y aquellos ojos de un azul que perturbaba. Pero nada comparable a su cabello, de un rojo enceguecedor, rojo como el fuego cuando el brillo del atardecer se posaba sobre él. Señor, jamás mis ojos habían contemplado semejante maravilla terrena.

Mi obsesión por ella fue creciendo, la seguía, la espiaba, la vi desnuda en el río tomando un baño, sentí mis venas golpeteando la piel, el cuerpo duro ante la visión de su piel mojada, brillante. Apunto estuve de salir de mi escondite y arrojar mi deseo sobre ella como un buitre. Eso me asusto, antes de ser un hombre santo, jamás había sentido estas cosas, dormí un par de veces con una vecina, mas por insistencia suya que por propia voluntad, pero era gorda y tenía la piel flacida. Pero no existe nada que hubiera podido preparar mi mente para su presencia desnuda, para su mojado cabello, y esa fragancia que a pesar de la distancia llegaba hasta mí. Para el delirio de verla chapoteando entre las aguas.

Desde entonces mis dementes sentimientos fueron intensificados. Le había adjudicado mayor perfección que a una virgen, no había nada que a mis ojos manchara su imagen. Nada que la igualara a las demás impuras mujeres que yo había conocido. Ella era el más alto de mis objetos de culto, su voz me producía visiones de nuestros cuerpos desnudos rodando entre la hierba, cayendo abrazados al río, derramando en sus aguas las nuestras.

Estaba perdido.

Y aquella maldita noche. Ya no debía estar rondando su casa, era pasado ya el tiempo en el que yo solía retirarme, dejarla descansar después de ver su cuerpo desnudo a mi antojo durante el cambio de ropa de dormir. Por no sé que razón seguí apostado en la penumbra por no se cuanto tiempo. De pronto de la nada y sin luces de por medio, una figura esbelta con la cabeza cubierta, se abrió paso en la oscuridad. Era ella. La seguridad con la que hacía el recorrido de la entrada de su casa a la reja de salida delataba una costumbre en su andar nocturno. Oculto entre los arbustos, paso a mi lado sin verme, calándose el capuchón de su abrigo.

Y yo la seguí ¿Qué tenía que estar pasando para que ella abandonara con tanta cautela la seguridad de su hogar a mitad de la noche? No tarde mucho en averiguarlo, solo a unas cuantas casas de la suya detuvo su paso ante una reja con jardín, entro sin llaves, sin tocar, la puerta abierta la esperaba. Por entre la reja pude ver con el corazón retumbando entre mis costillas la dolorosa escena. Un hombre apareció entre las tinieblas; sin saludos previos se trenzaron en un abrazo total de sus cuerpos, rodaron por el pasto del jardín con las manos freneticas revelando sus ansiedades. Después de tal bienvenida se incorporaron y entraron en la casa. Espere afuera hasta casi el amanecer. La vi salir envuelta en su abrigo, el hizo ceder la capucha hacia atrás dejando a merced de la brisa su desordenada maraña de rojos cabellos; le colgó al cuello una suerte de piedra atada a un lazo dorado y mientras se besaban volvió a cubrirle la frente.

Camine calle abajo sin rumbo mientras ella se alejaba por el lado contrario en dirección a su casa. Mi Dios se había derrumbado, mi vida no tenía más sentido.

Justicia... él quiere justicia. Ella esta muerta. Fue torturada cruelmente. Su cuerpo fue hallado por su amante hace dos noches. Y él... quiere justicia. Ella esta muerta, rota y descompuesta. Eso es justicia


6.11.08

El cuento de nunca acabar...


 
Había tierra en el interior de su boca, estaba tirada con la espalda rozando el mugriento muro, entre hojas de un papel extraño. Sus ojos aun parecían rasgar el aire con un cuestionamiento. Su ya de por si pálida piel denotaba ahora una aureola violácea. El cabello, su hermoso cabello rojo hace apenas unas horas mecido por el viento, tieso ahora para siempre más púrpura que nunca embalsamado en sangre.

La escena que contemplo es inaudita. Su desnuda y frágil piel apenas cubierta en ciertas zonas con obscenos recortes, adheridos con materia insospechada. La sangre nunca más fluirá por aquel cuerpo, rojo de placer en otros tiempos, sus manos han quedado crispadas, y su largo cuello aun sustenta la piedra opalina por mis manos colocada.


Quisiera ser ciego en este momento, para no contemplar como sus piernas, hermosas espirales que abrazadas a mi cuerpo en el pasado reflejaran en su brillo la expresión de mi deseo, hoy descompuestas, tal vez rotas muestran desde su interior sus huesos.


El que ha hecho esto, ignoro quien, y no sé a ciencia cierta con que fines se ha empeñado en desaparecer todo resto de belleza alguna, creo distinguir ahora mismo, y apenas logro seguir respirando la mitad de su labio inferior está colgando del resto de la piel de su rostro. Sabía que nunca para mí sería su amor, envuelto estoy aun del estupor, ella me premiaba por portarme bien, y encendía mis deseos con cualquier expresión. No puedo cerrar los ojos a pesar de esta visión, su piel siempre suave a mi tacto, yo siempre incapaz de hacerle daño. ¿Quién atento así contra mi amada? ¿Quién se alegra de verla ultrajada?


Su azul mirada, perdida, domina el cuadro por su expresión. ¿Qué oscura pregunta había en sus labios?, ¿Sabía ella en el momento de inmolarla, la identidad de su captor, de su asesino?, ¿Se preguntaba acaso porque o quiénes?
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